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El cuento colorín colorado la historia ha cambiado

  • Equipo Dando Voz al Silencio
  • 29 jul 2016
  • 16 Min. de lectura

“Érase una vez…” Ejem, bueno; así comienzan todos los cuentos de hadas “con final feliz”.

Pues no me gustan, sí, no me gustan porque yo soy uno de esos malvados que siempre pierde, el que recibe todos los golpes propinados por el “héroe” y el que tiene que aguantar las insoportables pataletas de “la princesa en apuros” –en serio, ustedes no saben realmente lo que es eso-.

Pues ya está bien; qué creen, ¿Qué a mí me gusta siempre perder y que me paso todo el día maquinando algo para hacerme con el control del mundo o para obtener el poder eterno? Pues están ustedes muy equivocados sí así lo piensan.

A mí lo que de verdad me gusta es ponerme mi bata-manta –sí… ya sé que eso suena muy gracioso, pues es la bata-manta de Darth Vader- y mis zapatillas blanditas del monstruo de las galletas, tumbarme en el sofá mientras como palomitas, ver el último capítulo de “Los Simpson” o emocionarme en lo que disfruto viendo “La vida es bella” –sí… Los “malos” también somos cinéfilos-, o echar una partida de tenis en la Wii.

Pero claro, como soy el malvado de una historia de la Edad media, con caballeros y dragones pues me es prácticamente imposible.

Y también detesto que nos llamen irresponsables; porque, yo por lo menos, no soy así: saco todas las mañanas y las tardes a dar una vuelta a mi mascota Tweety.

Si bueno… ya sé que el nombre puede dejar un poco que desear, pero como a los “caballeros” no les importa el nombre del dragón al que se enfrentan pues solo lo conocen mis colegas y yo.

Además yo pago mis facturas religiosamente… débilmente… en resumidas cuentas que pago las facturas cada mes.

Tampoco somos tan insensibles como dicen: ¡Yo he llorado y no me arrepiento! Y en muchas ocasiones esos héroes creídos nos hacen daño de verdad en nuestro diminuto corazoncito… Pero eso nunca se ve, claro.

Y después todas las princesitas (que no son más que unas niñas de papá) llegan y nos aborrecen por lo feos que les parecemos. Vamos a ver… Cada vez que tenemos que ir a secuestrarlas suele ser de noche, y no tenemos tiempo de arreglarnos, pero tampoco creo que sea motivo para ponerse así.

Bueno; adonde quiero llegar es a lo siguiente: ¿qué pasaría si las tornas cambiasen?

Mis amigotes y yo decidimos armarnos en huelga contra nuestro más terrible enemigo: la productora Disney, quien nos hace quedar cada vez en peor puesto.

Mas hay que reconocer que eso de ser villano a veces viene bien:

Los directores temblaron en cuanto nos vieron aparecer por la puerta, tenían que haberles visto las caras, temblaban como los puentes en una tormenta.

Afortunadamente, nuestra visita obtuvo su fruto: nos dejarían en paz y vivir a nuestra manera durante bastante tiempo.

Esa misma noche nos fuimos a cenar todos a un Vips para celebrarlo, y después fuimos a tomarnos algunas copitas por ahí.

Fue una noche estupenda: lo pasamos de miedo.

Señores, creo que ha llegado el momento de que les cuente mi historia; un cuento de princesas, príncipes, dragones y malvados distinta a todas las demás que hayan podido escuchar.

Érase una vez…

“En un castillo de altas torres de piedra (futuro territorio perteneciente a la Duquesa de Alba) con un profundo foso de plomo aguado en el que se sumergían tres cocodrilos que hacían guardia, lleno de peligrosísimas y traicioneras trampas, vivía yo, el oscuro conde de las Tinieblas (para mis coleguillas Alexandro), en compañía de un poderoso y temible dragón que escupía agua (sí, han oído bien, agua, no fuego), un enorme reptil azul verdoso con largas y puntiagudas garras (es que no se deja que se las corte, entiéndanme) en sus cuatro patas y una ancha y extensa cola espinosa (aunque aquí pueda parecer muy terrible, Tweety es muy bueno y cariñoso, no saben que lametazos me da en la cara para que juegue con él).

No poseía alas, pero su agilidad vertiginosa le permitía derrotar con facilidad a quien osaba enfrentársele.

Bien… Era un día bueno, de esos días que me encantan: llovía estrepitosamente, y truenos, rayos y relámpagos caían sobre el cielo de mi castillo.

Algunos cuervos y buitres graznaban deleitándome con su mecánico sonido, y las nubes negras se apreciaban desde cualquier ventanal.

Coco, Moca y Momo serpenteaban en el agua con aspecto amenazador (sí, recuerden, los cocodrilos del foso).

A la luz de la potente chimenea humeante descansaba Tweety tumbado todo lo largo que era sobre la alfombra, mientras yo reposaba relajado en un enorme sillón de cuero.

Todo parecía indicar que iba a ser una día perfecto hasta que…

-¡¡Tú, malvado conde de las Tinieblas, te ordeno que dejes libre a la princesa!!

Yo me quedé pensando con la boca entreabierta: “¿Pero a éste que le pasa? Para una vez que lo único que hago es quedarme en casa, tranquilito…”

-¡Príncipe Narciso! –Dije más falso que la comida expuesta en los anuncios- ¡Qué enorme alegría me da verlo, tan lozano y… como siempre! –Con esa cara de idiota- ¿Qué tal, todo bien?

-¡¡Deja libre a la princesa!! ¡¡No he venido a charlar con un malvado!! –Un poquito de educación no sobra, principito…

-Pues he de decirte que la princesa no está en mis manos.

-¡¡Mientes!! ¡¡Estará secuestrada en alguno de tus calabozos, custodiada por tu malévolo dragón!!

Mientras el príncipe había estado soltando su perorata Tweety se había ido, es muy tímido el pobrecito, no le gusta la pelea, es solo un cachorrito.

Me quedé mirando al joven rubiales de melena larga, ondulada y perfectamente peinada y perfumada –intenté echar la cuenta de cuántos kilos de gomina se habría puesto… pero la perdí en seguida- embutido en unas mallas (lo más probable es que fueran de alguna marca pija) observándome con la mirada azul embobado y se me iluminó la bombilla de la cabeza, que se quitó en un minuto su gorro de dormir… ¿Qué pasaría sí…? Me reí un poco entre malicioso y divertido, y el príncipe lo notó. Extendí los brazos y Tweety se escurrió por las paredes hasta quedar tras el joven, comprendiendo. Alcé la voz diciendo:

-Bueno, bueno, príncipe Narciso, sea usted bienvenido a mi “humilde” morada…

-¡Déjate de palabrería y libera a la princesa! –Se giró para ver los ojazos verdes de Tweety- O…. ¡O cortaré en pedazos a ese, ese… ese enorme dragón!

Temblando sacó una espada con la que casi no podía.

Este príncipe es un cobardica, le voy a enseñar quien soy yo.

Tweety rugió con ferocidad y se lanzó violento al rubio.

El empanado éste no hizo nada para evitar que mi dragón lo cogiera, e incluso se desmayó cuando Tweety dejó salir su lengua para olisquearlo (debía de haberse puesto colonia de vainilla, porque a Tweety le encanta la vainilla).

Llevándome las manos a los ojos y a la boca en señal de que aquello era patético lo envié a una de mis oscuras mazmorras.

Cuando despertó se retorció como uno de esos lironcillos perezosos, y viéndose en tal “luminosa” habitación gritó:

-¡¿Dónde estoy?! –Apareciendo con mi capa de señor-todopoderoso-del-mal le contesté.

-En mi calabozo. Acomódate, Narciso, ¿me puedo tomar la confianza de llamarte por tu nombre? Pasarás aquí una buena temporada…

-¡¿Qué?! No, no….-Miró y volvió a mirar toda la celda unas doscientas veces, después de tan extraño ritual añadió.- ¿Y la cama con edredón de plumas? ¿Y el servicio con jacuzzi? Y lo más terrible… ¡¡¿Dónde esta el espejo?!!

Oh, Dios… Aquello fue demasiado y tuve que agarrarme a uno de los barrotes para no caer de la risa de aquel ser tan estúpido que según lo que veía estaba a punto de darle un ataque de histeria. Me entretendré con él por lo que veo… Este cuento me va gustando cada vez más.

-Como ves aquí no tendrás nada de eso. Ahora eres Mi prisionero y, como bien puedes observar –moví los brazos como registrando la celda- aquí no está la princesa.

Buenas tardes, principito…

Salí del sótano y un trueno acompañó a la risa macabra (es un politono del móvil. ¿Ustedes creen que podríamos aguantar hacer eso todo el rato? Nuestras gargantas sufrirían mucho…) Los grajos se reían drogados por la lluvia.

Muy lejos de mi castillo, en un precioso y ostentoso palacio blanco con pajaritos fofos que se atragantan al dar una nota y arbolitos recortados con forma de corazones y montones de florecitas rositas y bueno… toda esa parafernalia… Vivía la joven y bella…

-¡Barbie, cielo baja rápido!

-¡¡Te he dicho un millón de veces que no me llames “Barbie”, sino “Bárbara”, Bár-ba-ra!! ¡¡Barbie es para estúpidas, madre!!

-Ay, cariño, Bárbara suena muy fuerte…

-¡Me gusta que suene fuerte!

-Está bien. Está bien…

-¿Para qué me llamabas?

-Verás… Mañana por la noche se va a celebrar un bonito baile… en conmemoración del cambio de estación…

-¿Y?

-Bueno… Cielo… Pues ya va siendo hora de que te preocupes por buscarte un novio…

-¡¡Madre, estoy cansada de repetirle que no quiero un novio, ni un marido, ni un esposo que es lo que realmente me estás diciendo que busque!!

-¡Barbie! ¡Tú como tu madre y como todas las damas de este reino tiene que buscarse un hombre, y en especial la princesa! ¡¿Quién reinará sino?!

-¡¡Pues yo!! No necesito un ricachón inflado que me mantenga… Ni un crío que no vea más allá que el oro y el dinero… ¡Así que no cuentes conmigo!

-¡Pero es la tradición! No te pido que tengas que escoger uno esta vez… Solo que mires… La mayoría de los príncipes están interesados en ti… Dales esperanzas…

-Son unos niños de mamá, no saben ni atarse las hebillas de las botas solitos, no me gusta ninguno… Lo dicho, que no…


La discusión entre madre e hija se vio cortada por un hombrecillo bajo y regordete, que tenía expresión de venir acalorado, muy rojo, como un cherry en medio de una ensalada…

-¡Señora, señora! ¡Malas noticias!

-¿Qué pasó Sabino? ¿Por qué vienes a interrumpirnos de esa manera?

-Señora, señora… ¡Han secuestrado al príncipe Narciso!

-¡¡Por Dios!! ¡¿Quién?!

-¡¡EL malvado conde de las Tinieblas!! –Me encanta ese eco tenso y esas cuerdas agónicas que suenan cuando pronuncian mi nombre. Es… como una satisfacción personal. La reina de aquellos territorios se llevó sus manitas al pecho, como santiguándose ante aquella mención.

-¡No es posible! –Dijo con agonía.

-Lo siento mucho… señora… -Y acercándose el buen consejero a la mujer le dijo en baja voz, con el fin de que la princesa no le escuchase, y sin embargo alzándola todo lo posible que el secreto permite para que atendiese a sus palabras.- Sé que usted tenía en mente casarlo con su hija… Pero hasta que no se le rescate esa hipotética boda habrá que cancelarla.

No sé que fue peor. Si saber que el principito estaba retenido o darse cuenta de que sus planes –mucho más malévolos que los míos- no iban a poder realizarse.

Se llamó a algunas criadas, emperifolladas con esos vestidos de las películas de Hollywood medievales –me cuesta pensar que aquello les parezca cómodo, la verdad, pero siempre se están poniendo esos ropajes… No hay quien las entienda-, que vinieron a socorrer a la tristísima reina, quien se enjuagaba los ojos remodelados de maquillaje negro.

Lejos la señora del jardín del palacio, en el banco donde antes estaban madre e hija ahora se encontraban consejero y princesa, y así hablaron:

-Dime que mi madre no pensaba casarme de verdad con ese idiota.

-¡Temo que sí, Bárbara! Sabes que por mi mano no te falta apoyo… Pero se estaba poniendo muy pesada… -La joven se quedó pensativa unos instantes, y dio un duro puñetazo al asiento marmóreo furiosa.

-¡¿Y cuándo tenía intención de decírmelo?!

-En el baile de pasado mañana… Lo sé, lo sé… Te lo debía de haber avisado pero…

-¡Creí que podía confiar en ti, Sabino!

-¡Y puedes, Bárbara! Atiende, atiende… Pues yo mismo fui quien envió al príncipe lejos…-El bonachón regordete hombrecillo con cara de abuelo feliz sonrió a la impetuosa chica, quien se quedó ojiplática.

-¡¿Quieres decir que…?!

-Sí, Bárbara… Le aseguré al príncipe que el conde de las Tinieblas te tenía secuestrada… ¡Por eso te envié aquellos días a la aldea de las colinas! En cuanto supe que tu madre quería hacer esa atrocidad… Pues yo también estoy de acuerdo… ese principucho de poca monta no te merece… creo que no sabe ver más allá de su melena…-Muchacha y consejero se miraron y comenzaron a reírse.- El caso es… -Retomó el sabio Sabino colocándose sus gafas pequeñas en la redonda nariz- Que tu madre mandará a los mejores hombres al rescate del príncipe…

-¡Y no me tendré que casar con ninguno porque no volverán! ¡Ay, Sabino, qué feliz me haces! –Interrumpiendo a la experiencia abrazó al gordito hombre, que era como un padre (como su verdadero padre) para ella.

-No exactamente… Escucha, Bárbara…-Retiró los brazos eufóricos de su uniforme verde melón- El problema es que quien rescate al príncipe, pedirá tu mano en recompensa…

-¡¿Por qué lo fastidias?!

-¡Espera, espera! No seas impaciente… Solo hay una forma de conseguir tu propósito… Y esa forma es…-Le susurró algo al oído que no escuchó más que ella, en cuyo rostro se formaba la más enorme sonrisa.

-Sabino… ¡Eres fantástico! Pero… ¡Ay, mi madre jamás me lo permitiría! ¡Sabino!

-No te preocupes, Bárbara… Te prestaré la armadura de mi hijo, que se ha negado a usarla tras pasarse a la vida monacal sabe Dios porqué, pues sois de alturas parecidas, armas tengo, y el valor has de ponerlo tú con tu gracia. ¿Estarás dispuesta? –No se percibió ningún titubeo.

-¡Claro que sí! Pero… No tengo caballo que me lleve… Y tantos kilómetros…

-¿Y los corceles de la guardia de palacio?

-Están rechonchos y ni siquiera puede galopar largo rato seguido… -Sabino reparó en los campos rosados por el mediodía.

-¡Ya lo tengo! No es lo mejor pero… -Sabino llevó a la princesa a su casita, y en el jardín pastaba espesa hierba un gran león, que retozaba con el Sol.

-¿Estás de broma? ¿¡Sabes que eso es un león, verdad!?

-Sí, ya lo sé. Pero Ferdinando es un león muy tranquilo, yo mismo lo he cabalgado sendas veces, nunca se atreverá a tirarte. Pero tiene un truco. –Con un guiño le indicó que lo siguiera, y de un cuenco tomó unas florecillas extrañas a aquel lujo: pequeñas, diminutas, de pasión disfrazadas y suaves. Amapolas.

-¿Es un león vegetariano?

-Más o menos. Solo come hierba tierna y centeno, aunque su manjar favorito son las amapolas. -Regresó a la porción de tierra semi cultivada, y le entregó el secreto del animal. -Ve hacia él, y deja que se acerque, sin miedo. Inspirará el olor de las amapolas. Después se postrará todo lo robusto que es en el suelo a seguir disfrutando del perfume de las semillas. Entonces, solo en ese momento, súbete encima del lomo negro, y podrás montarlo cuando quieras.

Siguiendo con precaución cada dato y cada paso, en poco menos de una hora la princesa se alzaba triunfante sobre Ferdinando.

Esa misma noche en la corte el revuelo por la desaparición se servía de cena: los criados precipitados se tropezaban unos con otros, las cocineras rompían las cazuelas sobre las cabezas de los mozos, los bufones echaban una partida de naipes truncados y la reina se mordía las uñas.

Solo la princesa Bárbara y el experto consejero Sabino eran ajenos a aquella agitación.

El retrato del rey se mostraba agotado en la pared, pidiendo un poco de eterno descanso tras haber muerto de supuesto hechizamiento (aunque toda la corte sabía que fue por haberse propasado con ciertas hierbas humeantes).

-¡¡Silencio, silencio!! ¡¡Escúchenme todos!! ¡¡Os habla la reina!!

Los pobladores del palacio detuvieron su actividad. El resto de príncipes que hablaban de bobadas tirados en los cojines la miraron con aire de aburridos, era mucho más interesante su conversación sobre una nueva forma de hacer que el cabello brillara más.

-Ya sabéis que el amado príncipe Narciso ha sido capturado por el… el… -¡Dilo ya!- El conde de las Tinieblas. -¡Por fin pasó el mal trago!- Y ordeno a todos los príncipes de este reino que vayan en su busca. –Se atusa el vestido tranquilizándose.- Quien consiga traerlo sano y vivo… Podrá –Señaló a su hija sin girarse- tomar a mi hija como esposa.

Los vítores y los silbidos ante aquel anuncio estremecieron las salas, hasta que la Bárbara se colocó sobre la mesa y gritó.

-¡Me niego a casarme con cualquiera de esos descerebrados! Madre, si soy yo quien salva al príncipe Narciso, decidiré yo sobre mi destino…

-¡Pero, cielo! ¡Tú no…!

-Y si no lo consigo, también. Estoy harta de esos estúpidos –le faltó escupirles con desprecio- que no piensan y solo quieren a una chica sumisa de vestidos roseados, ¡Estoy harta! Y voy a demostrarte que soy capaz de eso y de mucho más.

-¡Pero…!

-¡¡Calla!! Mañana mismo, cuando el rocío despierta marcharé al castillo del conde de las Tinieblas; -Miró a los príncipes que se estiraban las camisas y que tendrían dieciocho años, uno menos que ella.- ¡Y si alguno de vosotros quiere acompañarme, que lo haga! Pero sabed que los peligros serán innumerables…

Todos los jóvenes atusados rechazaron haciendo excusa con los labios la “suculenta” oferta.

Y así, la princesa Bárbara se puso en camino al día siguiente, con los consejos del buen Sabino y a la grupa del azabache león Ferdinando, quien se paraba de tanto en tanto a comer las hierbas del camino.

Lo cierto es que mientras la princesa, de la cual ni había oído hablar, pues parece que los príncipes ni siquiera saben el nombre de la princesa a por la que vienen, me estaba preparando unos deliciosos malvaviscos a la lumbre, acompañados de castañas asadas, una delicia. El quejica del principito se aferraba a los barrotes cuando bajaba a darle algo de comer –Dios…. Quiero decir… Satán… (bueno me entienden) sabría lo que podría ser aquel chaval si encima no le hubiera bajado nada…- y a veces se negaba a probar bocado porque consideraba que unas verduras a la plancha era cosa de plebeyos. Acto seguido comenzaba a frotarse como un loco las manos en las mallas blancas de algodón, que ahora eran grisáceas, asegurando que estarían sucísimas de los barrotes (una aclaración, mis celdas están limpitas, no se vayan a creer) e implorando un cepillo y un espejo, y unas tijeras para repasarse las puntas salvajes, y acondicionador y no sé que más tonterías que siempre acababa por dejarle en su monólogo de productos de belleza femenina.


Una semana tuve que estar soportando este calvario…

Tweety me estaba mordisqueando las zapatillas cuando Coco, Moca y Momo empezaron a hacer ruidos anormales. Me asomé como buenamente pude (Tweety cuando se pone juguetón es difícil tranquilizarlo) y entonces vi a lo lejos una silueta a galope de algo que no era un caballo, sino un león gigantesco y con una melena tupida y rizada que se dirigía al puente.

El viento azotaba la encapuchada figura y las aguas se agitaban con violencia en lo que Moca se afilaba los colmillos en una piedra y los otros dos cocodrilos esperaban ansiosos algo de pelea. (Diré que a pesar de ver a esos reptiles con miedo, lo cierto es que hambre no pasan nunca. ¿Se creen que los dejo anhelando carne humana para estas ocasiones? ¡Ni de broma! ¡Me podrían morder a mí también!)

Supuse que sería otro empanado que vendría en busca del idiota que tenía sollozando en el calabozo. Así que mandé a Tweety que bajara a buscarlo; y yo me arreglé para la visita. Frente al espejo del dormitorio mi negrura de cabello se estilizaba, y la ligera barba se amoldaba a la mandíbula. Una blusa morado moratón cubría los brazos bien constituidos (pasear… mejor dicho… correr con un dragón ejercita el cuerpo, se lo aseguro), y el pantalón oscuro contrastaba con el pimpollo blanco del príncipe, quien lloraba por no poder estar “visible”. Mi capa de señor-todopoderoso dormía sobre mis hombros anchos y al percibir el chirrío de la puerta los labios tornaron en una maquiavélica sonrisa.

Pero, ¡Oh, Santo!… Demonios… ehm… eso… Cual fue mi sorpresa y la del principito cuando vimos a una… ¿Chica?

-¡Soy la princesa Bárbara! ¡Vengo a salvar al príncipe Narciso! –Los dos estábamos flipando. No acostumbro a ver una señorita tan increíble así que lo único que se me ocurrió decir fue…

-¡Ninguna duda de que eres “bárbara”! –Aquellos rizos almendrados se me derretían como los caramelos de café. Y su mirada de “No me hace ni maldita gracia” me provocó un escalofrío tan fuerte que me arrepentí.- Ehm… No me refería a eso… sino… al otro… significado de bárbara… Nada. Olvídalo, a veces puedo ser un poco bruto. -Antes de que el principito osara abrir su bocaza anuncié bravamente. -¡Yo soy el conde de las Tinieblas! ¡Y puedo jurar… asegurar… que no me creo lo que está pasando!

-¿Tú eres el malvado, odiado, repudiado conde las Tinieblas?

-Así es, princesa. –Sus pupilas de polvo de ladrillo me escrutaron y pasaron revista por mi persona, y yo seguía intentando aparentar que era más. Pero ya me cansaba tanta miradita.- ¿Qué pasa?

-Nada… Que no pareces el conde de las Tinieblas.

-¡Esto es el colmo! ¿Y cómo se supone que debería ser?

-Pues… Según lo que comentan… Feo, bajo, más feo, sobre todo más feo, y más imponente.

-¿Me estás diciendo que no impongo?

-Pues… El lacayo que nos trae la leña impone más que tú. –Esta es la conversación más absurda que he tenido nunca.

-¿Tienes, entonces, algún problema? Pues soy más guapo y mucho más sexy que el malo del cuento que te habrán dicho, como ves. –Me retiré con un movimiento la capa de señor-todopoderoso y Tweety se colocó detrás de mí.

-No… si la vanidad no es la quita nadie, oye…- Tiró la capa ruda al suelo y entonces me aferré a Tweety para no caerme babeando al suelo. Si de rostro era la dama más guapa que había visto, lo que contemplaba ahora me gustaba muchísimo más: una armadura a juego con el color de sus ojos la cubría por completo, y bajo ella se apreciaba una camisa escarlata y unos pantalones de hombre; en una mano sostenía una espada de doble filo, y la otra se posaba sobre una daga que estaba atada a la armadura; ambas manos enguantadas. La cabellera rizada se moldeaba en una coleta semi caída y en un mirada se advertía el poder que irradiaba.

-¡Por fin ha venido a salvarme alguien! Pero yo no quería a la princesa… ¡A no ser que vengas porque te gusto tanto y por ello deseabas verme, eh! ¡No eres tan dura como te crees! -¡Plash!

El guantazo vino sin que me diera tiempo a pensarlo. ¡¿Cómo se puede ser tan condenadamente estúpido?! Miré con la rabia contenida a la princesa que asintió con intención.

-Se lo merecía. Por eso detesto a todos lo” príncipes azules” de mi reino. Hice la promesa que liberando al príncipe Narciso de ti, del conde de las Tinieblas, podría decidir por fin lo que yo quiero. Y aquí estoy. Yo, la princesa Bárbara, ¡te ordeno que dejes libre al príncipe Narciso, o te batirás conmigo! –Estiró la espada. Ya conocía bien esta escena: golpes, arañazos, moratones, insultos, huida, boda, las puñeteras perdices y el final. Estoy cansado de todo esto, de siempre la misma historia.

Y entonces, algo más cambió.

No sé si fueron los ojitos de dragoncito de Tweety, o que aquella princesa pudo leer más allá de mis ojos verdes; lo cierto es que se acercó a mí con la espada aún en alto, y cuando se posicionó de tal manera que sus pupilas quedaban enfrente de las mías dijo:

-¿Sabes? Siempre me ha gustado saltarme la norma. Pues, ¿quién ha dicho que la princesa tiene que casarse con el bueno?

Las cejas se me encorvaron justo cuando recibí su boca de sorpresa. (Aunque no lo puedan creer no fue mi primer beso…)

Y lo cierto es que me encantó; no sabía a pintalabios ni a fresa, sabía… a nuevo, a distinto, y lo cierto es que –y esto es un secretito- los malos besamos mejor que los buenos, y no es por decir.

Sus labios se despegaron entre tímidos y rabiosos, y el ronroneo de Tweety me sacó de la ensoñación.

-¡¿Le ha besado?! ¿Con esas barbas? ¡Qué asco! –Y la voz estridente del príncipe me erizó la piel.

-¿Quieres callarte de una maldita vez? –El contraataque de la princesa me volvió ñoño y estrujé sus rizos con los dedos.

-Pero… ¿entonces te vas a casar conmigo? ¡Porque me quiero ir de aquí! ¡Me da de comer verduras, verduras! ¡Me tiene en una celda mugrienta, sin cama con edredón de plumas, sin servicio… sin ESPEJO!

Un silencio tenso caldeó el ambiente. Ella se pasó la manga por los labios como para olvidar, agarró al maltrecho principito y silbó. Al sonido vino el gigantesco león al trote, y desaparecieron. Antes de cerrar la pesada puerta para volver al final de siempre me volví a encontrar con la princesa Bárbara.

-¡Que sepas que esto no va a quedar así, conde de las Tinieblas!

-Llámame Alexandro, princesa.

-Bárbara.

-Bárbara.

Una sonrisa maliciosa entretuvo la despedida hasta convertirse en una risa boba y sugerente. No escuchamos los gritos del príncipe mientras se quejaba.

Campanas de boda tarareaban una melodía que no se escuchaba del todo bien por los truenos. Tweety mordisqueaba mis zapatillas del monstruo de las galletas mientras estaba asomado a la ventana.

Coco, Moca y Momo se revolcaban en el agua.

Habían pasado meses desde la última vez que el lento león Ferdinando se iba comiendo las escasas hierbas de los alrededores de mi castillo. Por fin volvía la tranquilidad…

-Al final se casó con aquella princesa…

-Sí, eso parece. Pero no me gustaría cambiar esto por nada del mundo.

Me giré para repasar con ojos lascivos enamorados a la princesa… ejem, a la condesa de las Tinieblas, Bárbara.

-A mí tampoco.

Pues como ven ustedes, Bárbara se quedó conmigo, y nos atiende el buen consejero Sabino. Tweety ha hecho buenas migas con Ferdinando y la madre de Bárbara ya desiste de cualquier intento de seguir con la tradición, aunque vamos a comer una vez al mes a su palacio, y siempre me dice que me afeite, que no soporta mi barba, pero me da igual.

Así que, señores, espero que les haya gustado esta historia de príncipes, princesas, malvados y dragones, porque…

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.”

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