Historia de un final feliz, por Laura L. A.
- Equipo Dando Voz al Silencio
- 13 ago 2016
- 12 Min. de lectura
—Por donde tú vayas y pases, yo paso —comenzó a cantar la pequeña saltando con sus botas de agua encima de un charco.
—Y por donde tú brinques, también yo brincaré —respondió su madre siguiendo con la letra.
Ya estaba acostumbrada a hacerlo, era como cantaban la canción. Para seguir el ritmo de la niña, también se dedicó a saltar con los tacones encima de alguno de los charcos más pequeños.
—En guerra con los indios, los indios, los indios —continuaron las dos agarrándose de la
mano—. En guerra con los indios, los vamos a vencer.
Era tarde, pero Lorena y su mamá habían tenido que salir, ya que a Babu se le había olvidado comprar las galletas favoritas de los monstruos buenos, esas que tenían el dibujo de Triki y que estaban mordidas. Debían ser las que más gustaban por Barrio Sésamo, ya que estaban muy ricas. La niña agitó la espalda para mover las alas de Campanilla; su madre le había dejado ponérselas encima del abrigo, porque según decía, así todos sabían quién era su hadita.
—Tilín, tilán, tirilí lirán lirón —continuó Lori—, marchar así en lí… ¿mami? ¿Pasa algo?
La niña se había girado para mirar a su mamá, que estaba ojeando la calle con recelo.
Buscaba a los monstruos malvados.
—No, sólo que como hemos salido tan tarde, creí que los monstruos buenos estarían durmiéndose en las esquinas esperando sus galletas. La pequeña se rio con ganas mientras entraba por la puerta del portal de la Babu. Era mucho más pequeñito que el de su casa. Aquel día era incluso más enano, porque había muchas bolsas por el suelo llenas de comida. Sentado en las escaleras, estaba Juan mirando cómo bajaba el ascensor. Era su mejor amigo.
—¡Juan, Juan! —gritó Lorena, contenta por verle y se acercó a él.
Era un chico mayor, de los que iban al cole de mayores… no era tan, tan grande como su
mamá, ella era de los muy, muy mayores o como su tía Miriam, que estaba yendo al cole de los
muy mayores.
—Pero mira quien está aquí: Lori… que le ha robado las alas a Campanilla —respondió
él quitándose uno de sus cascos de la oreja. La niña le sonrió y se dio la vuelta para que se las
viera—. Cuando mañana te vengas a casa ¿me darás suerte en el juego?
—¿Todavía no has ganado al monstruo malo y grandote? —preguntó la chiquilla.
Los tres se giraron al oír al ascensor abrirse, de éste que salió Adela, que era una señora
muy simpática. A veces le daba algún gusanito dulce.
—Perdonad, enseguida acabamos… Anda, Lorena, qué guapa vas con esas alitas —la
saludó la otra mientras metía más bolsas en el ascensor.
—Son las alas de Campanilla.
—¿Y qué opina ella de que se las hayas cogido? —preguntó la mujer.
—Pues mamá me dijo que no le importaba —sentenció la otra.
—Si es que no te enteras, Adela —le reprochó en broma Juan y la niña se comenzó a reír.
—Sí, eso, no te enteras.
—Bueno, esto ya está… —Cargó por completo el ascensor y se acercó al hueco de las
escaleras—. ¡Ángela! ¡Dale al botón! —Como por arte de magia, éste se puso en marcha—. Al
siguiente viaje ya lo podéis usar, gracias por tu paciencia, Juan.
—Sólo os estaba dejando subir primero para ver si podía ver a mi hadita de la suerte
—dijo el otro acercando la cabeza para darle un cabezazo cariñoso a la pequeña.
—Oh, entonces me alegro de haberte servido de ayuda —aseguró la mujer, que después
de darle un beso y un abrazo a Lorena, comenzó a subir por las escaleras—. Nos vemos mañana,
que espantes muchos monstruos malvados, Lori.
—Gracias —se despidió la pequeña al tiempo que los demás—. Entonces ¿aún no has
ganado al malo final?
—No, por eso te necesito. Eres mi hada de la suerte, ¿no? —En su mano apareció un
caramelo marrón de los que tanto le gustaban a la niña. Ésta se lo agradeció con un beso y se lo
metió en el bolsillo del abrigo—. Ese es tu paga por darme suerte.
—Mañana haremos que Donal y Gufi ganen a Sanson.
—Ansem… pero está vez has estado cerca.
Los tres subieron al ascensor cuando éste volvió y mientras su madre preguntaba a Juan
por cosas aburridas, ella miró las galletas con una gran sonrisa. Menos mal que se había
acordado de que faltaban antes de que cerrasen la tienda del señor Kuon, porque si no, ¿quién las
protegería si aparecía el monstruo malvado? Pobre Babu, se sintió mal por olvidarse, pero ella
siempre se acuerda de muchas otras cosas.
Miró como los pisos iban haciendo ruido al tocar al ascensor. En su anterior casa, se
podían ver por los botones que se iluminaban por dónde pasaban e incluso no sonaba. Pero claro,
la casa de la Babu estaba libre de monstruos malvados y los vecinos eran mucho más simpáticos:
le daban muchos caramelos, hablaban con ella y Juan le dejaba jugar a sus videojuegos de
mayores.
Esperó impaciente a que su madre abriera la puerta de la casa y la cruzó dando saltitos.
Mamá le quitó el abrigo con las alitas, mientras que por toda la casa resonaba el culebrón que
tanto le gustaba ver a su abuela. Le gustaba tanto, que hasta lo tenía grabado y lo veía una y otra
—Ve a darle las galletas a Babu para que las guarde —pidió su madre y ella asintió
mientras iba dando canturreando por el pasillo. Era mucho más grande que el de ninguna otra
casa del mundo.
—¡Babu! ¡Ya hemos comprado las galletas! —las luces del salón parpadeaban, pero no
respondía. Debía haberse quedado dormida, a veces lo hacía—. ¡Babu!
Cuando cruzó la puerta, vio que su Babu estaba sentada en el suelo mirándola llena de
miedo. La niña abrió los ojos y contuvo el aliento, asustada, al tiempo que las galletas caían al
suelo y aterrizaban en la alfombra. La abuela estaba cubierta de líquido rojo y no se movía, ¿qué
le pasaba? Oyó un ruido y se giró para ver que al lado de la televisión, apoyado contra la pared y
cubierto de ese algo rojo, estaba el malvado monstruo.
Sintió como los pantalones se calentaban y mojaban por su pis. Las lágrimas corrían por
su cara, era incapaz de gritar del miedo; era incapaz siquiera de respirar, por lo que gemía en
bajito y temblaba. Si los de su clase la hubieran visto, la habrían llamado meona, cobarde y se
habrían reído de ella… pero eso no importaba, si no que el malvado había aprovechado para
aparecer cuando habían ido a comprar las galletas que le repelían.
—Lori, ¿qué pasa? —preguntó su mamá.
Tenía que hacer algo ¡debía salvarla del monstruo! Éste le miró con unos ojos tillones de
veces más malvados que todos los malos de Disney juntos, y le pidió silencio con una sonrisa un
quinillón de veces más malosa que la de los malos de Disney.
—¿O queréis darme un susto? —La oía acercarse por el ruido de sus tacones, pero ella
seguía paralizada por el miedo.
—¡Mamiiiiiiiiiiiiii! —gritó al fin con todas sus fuerzas, pero sólo pudo ver como un
jarrón volaba por todo el salón dándole al malvado monstruo en la cabeza. Mientras su madre la
cogía en volandas, haciéndole daño—. ¡El monstruo, mami! ¡El monstruo!

—¡No tengas miedo, mi vida!
Mamá también estaba tan asustada como ella.
Corría por el pasillo tirando las mesas con adornos de la Babu, mientras la apretujaba
tanto contra ella que del hacía daño. El monstruo se iba tropezando y decía palabras feas
mientras corría detrás de ella. Era más grande de lo que recordaba y hacía mucho ruido y… y…
y gritaba con una voz horrible y maligna. La pequeña del miedo, no podía evitar chillar aterrada.
—¡Mami, mami! —Su madre la dejó en el suelo sin mucha delicadeza, al mismo tiempo
abría la puerta del cuarto de su Babu.
—¡Enciérrate y no abras a ningún monstruo! —le ordenó ella y niña cruzó corriendo.
Luego, su mamá cerró detrás de ella y Lori la obedeció: echó el pestillo y arrastró la silla
del escritorio de su abuela, como había visto en las pelúculas que le gustaban a su madre.
Oía a su madre hablar con el monstruo malvado.
Estaba llorando y el malo la estaba hipnotizando con su voz… Cuando la bajaba así y hablaba de esa forma, fingía ser lo que no era.
Asustada, miró a los lados de la habitación y corrió a abrir el armario y sacar todas las cajas de
zapatos. Los cargó en sus bracitos y los lanzó contra la puerta… el monstruo no pasaría a través
de ellos por el olor. A su madre y a su Babu eso les impedía pasar.
Se acercó otra vez a la puerta y oyó a su madre pedirle por favor que la dejara, que ella se
iría con él, pero que dejara a la niña al margen. Lorena estudió el cuarto buscando algo para
salvar a mamá y se dio cuenta de que en la mesilla, al lado de la cama de la abuela, estaba el
teléfono con el botón rojo. Era el que espantaba a los monstruos malvados cuando estaban dentro
de la casa. Corrió a su lado y lo apretó una vez como le había dicho su Babu que debía hacer si
pasaba una tástofe como aquella. Oyó pitidos y casi al momento, una chica mayor la respondió.
Oyó un golpe contra la pared y chilló. Había gritos, pero casi no los entendía.
—Servicio de urgencias.
La niña tragó saliva y sollozó de miedo.
—Hola, ¿dígame?
Sorbió los mocos y se limpió las lágrimas.
—¿Está usted ahí?
—Hay un monstruo… Creo que ha hecho pupa a mi Babu y… y quiere llevarse a mi
mamá… y yo estoy encerrada en el cuarto de Babu… —Oyó como la mujer hablaba
apresuradamente y en voz baja—. No la oigo, ¿qué hago para salvar a mi mamá?
—¿Cómo te llamas?
—Lori.
—Muy bien Lori, ahora te voy a preguntar unas cuantas cosas y debes… —Un grito
aterrador la interrumpió y Lorena supo que era su madre pidiendo ayuda—. ¡Lori!
—¡Está haciendo daño a mi mami! —berreó la niña tirando el teléfono y alzando la voz
tanto como su garganta pudo—. ¡Deja a mi mamá, monstruo! ¡No le hagas daño!
No fue suficiente, oyó muchos golpes fuertes, a su madre gritando y al monstruo
llamándole cosas muy feas.
—¡Deja a mi mamá, deja a mi mamá! ¡Mamá!
Saltó con fuerza encima del suelo y golpeó rabiosa la cama. Es lo que hacía siempre para
que su madre y Babu la escucharan. Chilló con más ganas y le costaba tanto como las veces que
intentaba hablar cuando tenía la voz rota.
—¡Mami! ¡Mami! ¡Mami!
Al monstruo se le oía resollar mientras seguía dando golpes, pero su madre no decía
nada. El cuello le dolía muchísimo y asustada, se acercó poco a poco y temblorosa a la puerta.
—¿Mami… estás bien…? —La señora del teléfono la llamaba, pero no le hacía caso—.
¿Mami?
Silencio. Mamá no respondía y no sabía que más hacer. Sollozó y siguió acercándose. Tal
vez no la oía. ¡Eso era! Aunque todo estuviera en silencio, puede que no fuera capaz de
escucharla, a veces pasaba. Entonces, llamaron la puerta con suavidad y ella se detuvo.
—Lorena.
Sin poderlo evitar, las lágrimas y un grito de terror escaparon de su garganta. Era el
malo… y con su peor disfraz, el que más miedo le daba-
—Lorena cariño, soy yo. —La niña corrió hasta la cama de su Babu, quitó las mantas y
se metió dentro—. Soy papá.
—¡Vete, monstruo malvado! —gritó aun a pesar de lo que le dolía la garganta, al tiempo
que se abrazaba a las almohadas que olían como la abuela.
No tenía un peluche que la pudiera defender, pero esperó que eso sirviera. Estaba
asustada, pero sabía que si uno no se lo mostraba a los malos, estos te dejaban en paz o al menos
eso había aprendido de sus pelúculas.
—No cariño, no soy un monstruo… ¿qué mentiras te ha contado la zor… tu madre?
Vamos mi niña, abre la puerta.
—¡No, tú no eres mi papá! ¡Eres el malvado monstruo que se lo llevó lejos!
—Lorena, por favor, abre la puerta y nos iremos tú y yo a un lugar maravilloso.
Volveremos a ser felices —esta vez su voz era más sería y malvada. Estaba quitándose el disfraz
de su padre.
—¡No quiero, monstruo!
—¡Abre la puerta, maldita sea! —gritó aporreando la puerta con fuerza.
—¡No lo haré!
Entonces volvió el silencio… Y al instante, una barra de hierro atravesó la puerta al
tiempo que el malvado le gritaba cosas muy muy feas.
—¡Vete! ¡Vete! ¡Vete! —pidió ella llorando, tapándose la cabeza con la manta, mientras
gimoteaba. Otro golpe fuerte la obligó a berrear asustada—. ¡Mami, ayúdame! ¡Mami, el
monstruo viene a por mí! ¡Mami, socorro, que me coge! —Un tercero seguido de jadeos—.
¡Mami, por favor, ayúdame! ¡Mami! ¡Mami, que me va a hacer daño!
Entonces, escuchó como alguien gritaba con fuerza y al monstruo quejándose de dolor.
Sonaron muchas voces y golpes, mientras decían cosas feas y algo golpeaba el suelo con
fuerza y gritaba algo de su pie derecho. Se quitó la manta y miró a través del enorme agujero de
la puerta, cómo había mucha gente que se asomaba por éste y la llamaba… eran más monstruos
que tenían las formas de los vecinos, la llamaban para que abriera la puerta.
—¡Lori abre! —gritó el primero, que tenía la forma de Rafa, el papá de Juan.
—¡No, mamá me dijo que no abriera a los monstruos! —insistió—. ¡Y no podéis pasar
por el muro de zapatos petosos!
—Lori, cariño, no somos monstruos —dijo el que era igualito a Adela.
—¡Pues enseñadme que no lo sois!
Todos susurraron sin saber que hacer y la pequeña sonrió a través de las lágrimas, feliz
por haberles detenido.
—¡Lori! —exclamó Juan y apareció delante de su puerta—. ¡Mira que tengo!
Metió la mano en el agujero y enseñó el paquete de galletas. Al instante apartó a los
demás, lo abrió y se comió rápidamente una galleta… era su amigo, no eran más malvados.
—¿Ves? ¡No soy un monstruo!
—Juan. —Aliviada por ver a su amigo, lloró feliz y se intentó quitar las lágrimas de la
cara—. Juan, era el monstruo, nos encontró…
—No te preocupes, le hemos ganado… no hay más monstruos. Te lo prometo. —La
pequeña le miró haciendo pucheros—. ¿Estás bien?
—Me he hecho pis encima porque tenía miedo —reconoció, avergonzada—. ¿Soy una
miedica?
—¿¡Qué dices!? Si yo hubiera sido tú, me habría hecho caca.
La pequeña se rio, Juan siempre decía cosas graciosas.
—¡Así de grande habría sido mi caca! —dijo metiendo las manos por la abertura de la
puerta y separándolas mucho. Aquello hizo que la niña se partiera de la risa.
—Entonces, Rafa se habría enfadado contigo.
—Claro. Tendría que haberme limpiado el culo durante mucho rato y mi padre me habría
dicho: «Que vergüenza, tan mayor y asustándote así de los monstruos. Deberías aprender de
Lorena, que es muy valiente y se enfrenta ella sola a todos los monstruos del mundo».
—¿Mamá me regañará por hacerme pis? —preguntó, preocupada.
—Lori, tu madre casi nunca te regaña, así que no te preocupes por eso.
Creía que lloraba, la voz le temblaba mucho y se había tapado la cara, ¿estaría triste por
algo?
—¿Sabes cambiarte solita? —Asintió, orgullosa de sí misma—. ¿Le pido a Adela que te
traiga un pantalón bonito?
—¿No queréis que salga?
—Vamos a esperarnos a que llegue la poli y se lleven al monstruo, por si acaso, ¿vale?
Ella le sonrió. Seguía con mucho miedo, pero sabiendo que al menos su amigo estaba con
ella, todo iba a ir bien.
—¿Y dónde está mamá? ¿Babu tiene mucha pupa?
—No, claro que tu Babu no tiene pupa, la sangre era del monstruo. Tu abuela es más
poderosa que las Supernenas y se ha ido con tu madre a vigilar que el monstruo no se escape —y
sintiéndose feliz volvió a asentir. Estaba decidido, cuando Babu y mamá volvieran, comerían las
galletas espanta monstruos y todo volvería a ser normal.
Después de cambiarse, Lorena cantó en bajito con Juan todas las canciones de Disney.
Aunque le doliera mucho el cuello, le hacía sentirse mucho mejor.
Entonces la policía llegó y por la puerta asomó su tía Mimí, que le pidió que saliera del
cuarto de la abuela, que ya no iba a pasar nada. La niña la obedeció feliz, porque llevaba mucho
tiempo sin verla y su tía sabía juegos muy divertidos y locos. Cuando abrió el pestillo, la mujer
la abrazó con fuerza y lloró mientras le decía que había sido muy valiente. Y allí estaban todos
sus vecinos, pero no veía ni a su madre ni a su Babu y así se lo dijo a Mimí, que volvió a echarse
a llorar con fuerza.
—¿Entonces si que hizo mucha pupa a mami y a la Babu? —preguntó asustada.
—¡No, claro que no, Lori! —respondió Juan nervioso—. Ellas son más fuertes que mil
Supernenas, ya te lo he dicho… lo que pasa, es que el monstruo es muy difícil de ganar.
—¿De verdad? —ahora sentía mucho miedo.
—Si, verás: el único lugar donde pueden encerrarlo, es en el polo norte, para que esté
muy lejos de ti y solo tu madre y tu abuela pueden detenerle.
—¿Se han ido? —Juan asintió y ella comenzó a llorar muy triste—. ¿Ya no me quieren?
¿He hecho algo malo para que se fueran?
—¡No, Lori! —dijo su tía de pronto—. Se han tenido que ir precisamente por eso, porque
te quieren tanto, que prefieren encargarse del malvado monstruo para que nunca jamás vuelva a
hacerte daño. Te quieren más que nada en este mundo y aunque les gustaría verte, ellas serán
felices sabiendo que te están cuidando. Y ahora estarás conmigo, porque si te fueras, me sentiría
muy sola y me aburriría mucho. Necesito que me cuides, ¿vale? ¿Te quedarás conmigo y me
cuidarás? Y yo te cuidaré a ti, ¿de acuerdo? —la niña meditó durante unos instantes las palabras
de su tía, porque eran muy difíciles para ella. Mami habría sabido explicárselo mejor… pero no
podía culpar a su tía, las tías no saben ser mamás.
—No te entiendo —reconoció al final tras darle muchas vueltas—, es muy difícil lo que
me dices.
—Solo te pido que confíes en mí, ¿lo harás? —le pidió con cariño y la pequeña asintió—.
Aún tengo que aprender muchas cosas, pero seguro que me enseñarás bien. Yo… te lo explicaré
en mi casa, ¿Vale? Es que a mí también me cuesta entender lo que ha pasado —volvió a decir
que sí, pero antes de moverse, hizo que su tía se parase. Aún tenían algo que aclarar y no se iba a
esperar.
—¿Entonces esto es un final feliz? —Mimí no la comprendía tan bien como su mamá,
por lo que tuvo que explicárselo—. Ganamos al monstruo y ya no nos molestara nunca más. Es
un final feliz, ¿no?
—Claro que si mi vida… —susurró su tía que parecía que algo le había hecho mucho
daño, porque ahora había más lágrimas en su cara.
—¿Y por qué lloras tanto?
—Es que los finales felices siempre me hacen llorar —reconoció por lo que ambas se
sonrieron, al tiempo que Juan le ponía su abrigo y las alitas de campanilla.
Y mientras todos la despedían, tan felices como su tía por aquel final, se acurrucó contra
ella y cerró los ojos.
Al fin habían ganado, el monstruo había perdido y jamás de los jamases volvería.

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